rindo pleitesía a mi tacto

 

¿Cómo puede un cuerpo irse y un alma quedarse? 

¿Hasta cuándo será tu piel territorio profano de ti misma? Tu cuerpo tildado de ignoto y poco elocuente, que premia tu torbellino y castiga tu silencio. Tu energía, que coagula dentro de tu sistema circulatorio, dilatada que quiere salir de ti y tornarse forma; y que tú reprimes y cesas su movimiento. Tu vacío lleno de contenido que no quieres mirar y al que odias poner voz. 

Eres profana de ti misma. Advenediza en tu propio lugar. La frontera entre tu interior y tu exterior nadie la reconoce. ¿Cómo puede un cuerpo irse y un alma quedarse? 

Los años de profesión de tu psiquiatra han concluido en diagnosticarte disociación. Esa palabra pesa. Cae. 

Cae. 

Cae. 

Cae. 


Los peldaños de tu escalera de caracol descendente en la que casi no entran tus pies por completo, en la que tienes que sortear cierto baile para no caer en la profundidad de tu sombra, te preguntan si estás dispuesta a tocarte. 

A tocarte el alma que eres, tocando el cuerpo que eres. 

El espejo de tu baño te recuerda que no eres espíritu, que tu energía no está dispersa, que tus pensamientos tienen un horizonte en el que posarse. Te observas y te vas. Te miras y huyes. Huida perpendicular hacia delante si te definen como ansiosa, huida perpendicular hacia atrás si te definen como depresiva. 


¿Cómo puede un cuerpo irse y un alma quedarse? 

Las mariposas de tu estómago yacen muertas, han asediado sus pulmones y el desamor las ha consumido. La desesperanza dora tus ojos y la apatía se asoma por tus pestañas para cerrarlos. Duermes. Y sueñas que vomitas a veces las alas, a veces los órganos internos, a veces las córneas. Expulsas al mundo porque dentro no lo abrazas. Porque no tocas lo que rechazas de ti. 

Lo que odias de ti. 

Lo que agonizas de ti. 

Lo que violas de ti. 

Lo que asesinas de ti. 


Deja de vomitarte y mastúrbate el cuerpo. Siente gozosa cada esquina nerviosa de tu voluble hogar. Ríos de aire consumen tu praxis sexual: envuelve tu piel con tu piel, tórnala opaca, no permitas que construya relación con nada (ni con el oxígeno) y abrázate en un acto de sexo 

(amor) 

que rinda pleitesía a tu tacto. 


¿Cómo puede un cuerpo irse y un alma quedarse? 

Patologizada en la distancia de ti misma, institucionalizada en la desconexión con tus sentidos, medicada en la respuesta a la pregunta ¿quién eres? Caminos displacenteros, analgésicos de ti, que mienten, que dicen sanar cuando solo enferman. Cuerdas en las camas que te atan y desatan de ti, benzodiacepinas que silencian tu ruido mental y la verdad que necesitas contarte. Rutas ya rotas antes de nacer. Senderos que te responden quién eres sin haberte preguntado. Y si te duele. Y si piensas en cómo será tu suicidio. Y si no duermes por las noches. Y si comes demasiado. Y si te dan miedo las personas. Y si te autolesionas. Y si vomitas. Y si no puedes más. 

No te toques, dice tu psiquiatra. 

No te toques. 

Benzodiacepina 

y continúa 

que el mundo no va a parar por ti. 


¿Cómo puede un cuerpo irse y un alma quedarse? 

Negada en tu capacidad de decisión sobre la travesía que siguen tus manos, anulada en el marcaje de tus límites, censurada en tus movimientos genitales inerciales. Las niñas de rosa, los niños de azul y los intersexuales sin color. En la infancia se construye el tacto, y los infantes, como seres carentes de filtros corruptos, quieren tocar(se). Y si tú con 5 años tocas tu vulva (que para ti es como un codo de importante). Y si tú con 8 años quieres eyacular. Y si tú con 11 años terminas en una página pornográfica. Y si tú con 18 años tienes sexo penetrativo sin condón. 

No te toques, eso dicen tus padres. 

No te toques. 

Bronca, culpa, silencio 

y continúa 

que con 5 años puedes tener novia, y a papá le hará gracia 

que con 8 años puedes pedir ropa ajustada y sexy, y mamá la comprará 

que con 11 años puedes desear rímel en vez de libros, y tus amigas te aplaudirán 

que con 18 años puedes tener sexo sin desearlo, y tu masculinidad se encenderá.


¿Cómo puede un cuerpo irse y un alma quedarse? 

Anclada en el relato de tus carnes, secuestrada por la poetisa que escondes bajo tus caderas, atrapada por tus pies fríos que te sostienen. Practica la asertividad contigo y explícate dónde necesitas presionar. Dónde necesitas pulsar, dónde necesitas tocar. Y si lo encuentras. Y si descubres a qué parte de tu cuerpo tienes que dar voz. Y si sabes (o intuyes) dónde puede habitar tu verdad. 

Tócate, eso te digo. 

Tócate. 

Piel. Carnes. Cuerpo 

y quédate 

disociada 

del diagnóstico.

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